Son raras las ocasiones en las que uno se queda sin qué decir, sin qué opinar. Quizás porque en la pantalla encuentra tantas formas de uno mismo que si habla, si deja salir el suspiro contenido, tiene miedo de lo que vaya a pasar. Matate, amor (Die, My Love, 2025) de Lynne Ramsay, (basada en la novela de la escritora argentina Ariana Harwicz) tiene ese poder de existir entre géneros, entre ritmos y entre la línea de lo real y lo ficticio.
La directora escocesa, famosa por su sensibilidad a la hora de contar historias, teje con creces. Entre momentos de risas, de incomodidad, de tristeza y románticos, la explosión de la realidad que la depresión (aunque eso está dejado a la interpretación del espectador) causa en nosotros. Un viaje interior que se pinta con una paleta de colores a la vez saturados y vagos, como la memoria de un sentimiento que no se puede precisar, pero cuya intensidad lo abraza todo.
En este mundo visual, la noche se convierte en el reino natural del personaje de Jennifer Lawrence. Es bajo la luna, en la soledad azul de la madrugada, ella parece habitar plenamente, como en un sueño despierto donde los contornos de la razón se difuminan. Robert Pattinson, como su marido, encarna la presencia física, pero emocionalmente distante que potencia su aislamiento. Es en los cortes a la maleza, de los campos extensos del medio oeste de los Estados Unidos, de la soledad de lugares que se quedaron en el tiempo, donde se amplifica todo gracias al uso de la música que brinda otra capa de pesadez a la imagen. Es incluso con las canciones donde vemos el amor y la tragedia que rodea a esa esperanza. Para quienes hemos luchado con temas de salud mental, muchos de estos momentos funcionan como espejos perturbadores y honestos de una realidad interior a menudo incomunicable.

Sin embargo, la película no es solo un retrato del desmoronamiento. En un acto de genuino equilibrio, Ramsay entrelaza estos destellos de angustia con momentos de un romance tangible. Nos muestra cómo, incluso en medio de la niebla, el amor y el deseo, persisten fragmentos de una realidad paralela que también nos constituye. Son estas chispas de conexión, esos instantes donde la comedia negra de las relaciones se tiñe de sinceridad, las que nos recuerdan la abrumadora y contradictoria experiencia de estar vivo, para bien o para mal. Porque amarse y destruirse son la misma búsqueda: sentir algo que nos haga reales.
Matate, amor llega a cines este 7 de noviembre
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