¿Es el destino la suma de las consecuencias de nuestros errores?

A lo mejor esto que digo no tiene mucho sentido por sí solo. A lo mejor no sean más que los desvaríos de un hombre triste. Pero entre esa pregunta y sus posibles respuestas se esconde una pequeña parte de la tesis que Christopher Nolan intenta abarcar en La Odisea (The Odyssey, 2026), su versión moderna del poema épico griego.

Entretejida sobre capas narrativas donde el pasado y el presente se entrelazan, la película construye los pilares de su templo de mármol sobre un crescendo musical constante, los hermosos paisajes del Mediterráneo y el Egeo, y una cinematografía digna del panteón de los dioses. Es, en muchos sentidos, una experiencia cinematográfica imponente. Pero quizás por eso mismo, por su ambición desmedida, dedica tanto tiempo a sostener su epicidad que deja poco espacio para todo lo demás.

Nolan construye la película como el propio viaje: siempre en movimiento, siempre apuntando al sol que se esconde en el horizonte, siempre al siguiente episodio, al siguiente monstruo, a la siguiente costa. Pero esa velocidad es también su mayor contradicción. Porque La Odisea, en su esencia, es un poema sobre la espera y el anhelo: un rey que espera llegar a su hogar, una reina que anhela a su esposo y un hijo que espera conocer al héroe del que se cantan historias. El largometraje, sin embargo, observa esas acciones con más admiración que intimidad. Le interesa más la magnitud del mito que el peso de sus consecuencias. Los personajes atraviesan tragedias y pérdidas, pero apenas tienen tiempo para sentirlas: ese espacio donde el héroe podría mirar hacia atrás y entender qué lo trajo hasta ahí es un lujo que el film no se concede.

Eso no significa que La Odisea falle en lo que se propone. Sus secuencias más ambiciosas y épicas son aquello a lo que el cine debería aspirar. El manejo de la tensión a través de la música, el juego de luces y sombras, el vestuario y las texturas visuales de los sets son envidiables, especialmente durante la destrucción de Troya, el momento en que alcanza una escala casi mitológica.

Nolan dedica a la destrucción de Troya su mayor despliegue técnico: fuego, sombras y un ejército que emerge del caballo como una pesadilla. Una secuencia construida para ser difícil de olvidar. Pero mientras el ejército saquea y destruye la ciudad y a sus habitantes, Odiseo (Matt Damon), rey de Ítaca y héroe de la guerra de Troya, se enfrenta a la pregunta más importante de su viaje: ¿se puede regresar al hogar siendo el mismo hombre después de descubrir de lo que somos capaces? Odiseo no es solamente el héroe que encuentra una forma de entrar en Troya; también es el responsable de la destrucción del hogar de personas inocentes. Los actos que sus hermanos griegos están por cometer no podrían justificarse ante sus dioses, y mucho menos ante su propia conciencia.

Las desventuras que el protagonista y sus soldados atraviesan para volver a su hogar están cargadas de un terror muy interesante, anclado en el límite entre lo posible y lo mitológico.

Sin embargo, la película parece contenerse constantemente ahí donde debería arriesgar un poco más. Recurriendo al fuera de campo y mostrando una violencia apta para todo público, evita representar aquello que la propia construcción de su relato parece reclamar: la verdadera dimensión de la violencia. Porque la destrucción de Troya no debería ser solamente un espectáculo de fuego y sombras, sino el momento donde un hombre se enfrenta al peso de sus propios actos. En su búsqueda por mostrarnos monstruos mitológicos, la película termina olvidándose de los monstruos reales y de lo que son capaces.

Al final, entre dioses, destinos y héroes, quedan las preguntas más humanas: ¿nuestros errores nos destruyen o nos construyen? ¿volver al hogar es realmente el premio o simplemente otra parte del camino? Son preguntas que permanecen en el silencio que la película nunca se permite.

Puntuación: 4 de 5.

LA ODISEA SE ESTRENA EL 16 DE JULIO, EN LAS SALAS DE NUESTRO PAÍS.




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