En la casa de mis abuelos, en medio del pasillo había colgado un retrato de otras épocas pintado a mano. Pienso en eso, en las historia detrás de ese marco, de ese minúsculo fragmento de tiempo congelado en acuarelas. Veo la mágica que existe en el arte, en las pinceladas, y por sobre todo en las figuras que me miran desde tiempos lejanos. Pienso en lo que cuenta ese cuadro y lo que nos contiene, pienso también en La hermanastra más fea (The Ugly Stepsister, 2025) la ópera prima de Emilie Blichfeldt. La cual empieza a desplegarse, no como una película, sino como una alegoría de la modernidad; una grieta por la cual se arrastra la historia. Se cuela una verdad incómoda: el cuento de la Cenicienta nunca fue sobre la virtud premiada, sino sobre el valor de cambio de un cuerpo en el mercado del deseo.

La directora no reescribe el cuento; lo interroga bajo una luz natural, la de los quirófanos, los corsés, la ropa elegante, la mirada masculina sobre el cuerpo de las mujeres y su rol en la sociedad. Aquí, la hermanastra fea no es una villana. Elvira es la hija incómoda, la que no encaja ni en la familia, ni en el molde. Su cuerpo es el problema de otros y por ende el de ella. Su rostro es la evidencia de una falla en el sistema. La madrastra no es malvada por placer, es una administradora de capital simbólico, desesperada porque sus activos no se devalúen.

La película se mueve con una cadencia atrapante, reinventando el clásico cuento de los hermanos Grimm de forma moderna y visualmente distinta, sin caer en el reino de los grotescos, bordeando el límite entre lo real y lo “mágico”. Los planos, a menudo estáticos, nos obligan a habitar la claustrofobia de los espacios domésticos que son fábricas de imagen. No hay hada madrina para nuestra protagonista, ella está destinada al garrote y al ridículo.

Su verdadera magia es construir un presente entre castillos, poemas y ropas. Escenarios reales que destacan en este momento donde todo parece tener un ligero tono verde. La historia juega con la idea de que nos devoramos desde dentro para cumplir con expectativas imposibles y nos consumimos hasta quedarnos sin nada. Ya sea literal, como simbólicamente.

Y así, la película no ofrece redención. Sólo la verdad lenta e imparable del gusano que carcome la fruta desde su corazón. La historia es el retrato de un cuerpo convertido en el campo de cultivo para parásitos ajenos. La madrastra, el príncipe y los gusanos funcionan como reflejo del presente, no son más que las distintas caras de la misma podredumbre. El final no es una liberación, sino la quietud final del cuadro devorado: no por el tiempo, sino por las larvas de los fábulas que nos contaron. Las cuales horadaron la pintura hasta dejar sólo el vacío que siempre estuvo allí, mirándonos fijo desde detrás de la prosa y las apariencias.

La hermanastra más fea llega a los cines este 9 de octubre.

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