Las luces se encienden. La gente se empieza a levantar y salir de la sala. La película, por alguna extraña razón, sigue en pantalla; los créditos suben hacia el infinito y todo termina. Entonces, algo cuadra mientras pongo en claro los pensamientos en mi libreta:

“El terror es entender la inevitable verdad: que todo llega a su final, incluso si hemos logrado todo, poco o nada”.

La vida de Chuck (The Life of Chuck, 2025) es la más reciente entrada del aclamado director Mike Flanagan en el mundo del cine. El director-guionista, que nos tiene acostumbrados a esa mezcla perfecta entre terror y drama como nadie más en este último tiempo, vuelve a mostrarnos su forma de ver la vida misma y la búsqueda de sentido a través de esta adaptación de Stephen King.

Dejando atrás sus planos secuencia de La Maldicion de Hill House (The Haunting of Hill House, 2018) las referencias de Doctor Sueño (Doctor Sleep, 2019) y el gótico de La caida de la casa Usher (The Fall of the House of Usher, 2023) Flanagan explora (con tintes de realismo mágico) los triunfos y derrotas de la vida, sus conexiones ocultas y esa luz tenue que busca trascender a través del homónimo Chuck, interpretado por un casi silencioso Tom Hiddleston.

Contada de forma no lineal, nos adentramos primero en el fin del universo y la humanidad; para después ver el momento de mayor felicidad de nuestro protagonista: un día casi sin importancia en su vida, previo a una noticia devastadora. Finalmente, retrocede a su infancia: la música, su familia y la realización de que vivir es algo que nos obliga a enfrentar el inevitable final que intuimos, pero al mismo tiempo desconocemos. La película encuadra todo en la búsqueda de la conexión, en la creación de pequeños momentos eternos que superen la efímera vida que nos da forma.

Es ahí donde Flanagan teje, de forma lírica, cada pequeño instante que vemos con calma y sin llamar demasiado la atención en los planos que utiliza. Casi siempre son estáticos y a la altura de los ojos, variando hacia algo más general cuando la música toma el control; convirtiéndola en un cuasi musical. Ya sea porque nuestro protagonista es un ávido bailarín, o simplemente porque es en la relación música-individuo donde residen los recuerdos que motivan a seguir. Al menos, para él, parece ser así.

Flanagan mantiene una distancia precisa con los personajes, dejándolos muchas veces solos en sus planos (algo que no lo caracteriza), pero que permite que ellos carguen con el peso de la historia y la narración gracias a las puntuales actuaciones de actores y actrices veteranos de su paleta (Mark Hamill, Kate Siegel y Samantha Sloyan). Así como de nuevas incorporaciones (Matthew Lillard, Chiwetel Ejiofor y Karen Gillan). Allí juega con sus clásicos monólogos, un sello inconfundible en su obra, que nos permiten ver y comprender quién habla y por qué; en un tiempo donde pocos se atreven a usar el diálogo de esta forma.

The Life of Chuck es una exploración del final; del comienzo de algo que aparece cuando lo creíamos olvidado y de la lucha por vivir, incluso con el tiempo contado. Narrada de forma sencilla y esperanzadora, nos deja pensar que quizás, más allá del terror, existe algo más bello y puro: acompañado de música y nuestros seres queridos.

“The Life of Chuck” llega a cines este 21 de agosto.

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