De la mano de A24, Isaiah Saxon nos trae su ópera prima, La leyenda de Ochi (Legend of Ochi, 2025), un relato fantástico lleno de paisajes desbordantes de color, una mirada crítica sobre cómo la modernidad y el consumismo nos arrancan de nuestras raíces, robándonos —sin que lo notemos— esa magia que esconde la naturaleza y sus secretos.

Pero esta película no es solo una denuncia; es también un viaje sonoro y visual, arrancado directamente de un cuento de hadas, que acompañado por una banda sonora hipnótica y personajes rotos en busca de algo, nos revela que la verdadera magia quizas no esté en lo sobrenatural, sino en la conexión entre lo humano y lo místico.

La historia nos pone en los zapatos de Yuri (una convincente Helena Zengel), una joven de 16 años que emprende una misión imposible: salvar a un Ochi, una criatura mágica, de las garras de su propio padre (un Willem Dafoe que se adueña de cada escena). Así, Yuri se adentra en un mundo desconocido, obligada a proteger a un ser que, por herencia, debería odiar, aunque no entienda bien por qué.

A lo largo de toda la película viajamos por un mundo lleno de paisajes de ensueño, de vistas hermosas y de montañas que parecen salidas de El Señor de los Anillos. Rodeadas de mística y belleza como ninguna, donde cualquier ser mitológico podría vivir. Es en este mundo, olvidado por el hombre, donde habitan los Ochi, y donde el trabajo de los animadores y titiriteros resulta deslumbrante: el Ochi, una marioneta, cobra vida con tal expresividad que cuesta no verlo como un ser de carne y hueso.

Sus gestos, mudos pero elocuentes, dicen más de lo que podría lograrse con palabras. Y es justo en ese silencio donde la película encuentra su tema central: la desconexión como barrera. Ya sea por orgullo, por odio o por simple incapacidad, esa distancia nos aleja de quienes somos y de quienes amamos.
Y en ese abismo, es la música la que aparece como un puente posible, como el único lenguaje capaz de reparar lo que las palabras no alcanzan.

La banda sonora y los sonidos del mundo que rodea a Yuri irrumpen como un salvavidas, tejiendo puentes entre los personajes y el espectador. Cada nota parece recordarnos que, al final del día, solo conectándonos con los demás podemos salvarnos.

Nadie elige dónde nacer o morir, pero sí a quién odiar y a quién amar.
Cuando el odio es una herencia, cambiarlo no es una opción sencilla: es una travesía.
The Legend of Ochi nos lleva por valles, ríos y cuevas oscuras para mostrarnos que, en ese camino, lo único que realmente elegimos es a quién cuidar.
Y sobre todo, a quién perdonar.

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