La nueva película del aclamado director Francis Ford Coppola presenta una epopeya de inspiración romana ambientada en una versión imaginaria y contemporánea de Estados Unidos. Megalópolis, donde el conflicto político de Nueva Roma funciona como una gran fábula sobre el poder, el arte y el destino de la humanidad.
Un viejo patriarca de una familia esta postrado en una silla, incapaz de hablar. Anciano, decrépito, aparentemente derrotado. Hace décadas que esta así. Sin embargo, algo cambio. A su alrededor, sus familiares discuten mientras una profunda crisis se avecina. El patriarca observa como el desconcierto de sus descendientes, su linaje esa perdido. Han perdido el rumbo…
Entonces ocurre lo impensado.
Se pone de pie.
Comienza a caminar.
Todos lo miran sorprendidos. Incrédulos. Nadie puede creer que el patriarca pueda pararse, que aún conserve fuerzas, que esté aun vivo. Después de años de silencio, camina entre la gente, alza su voz y pronuncia una proclama que nadie esperaba. La multitud esta estupefacta.
Esta metáfora podría describir perfectamente lo que representa la nueva película de Francis Ford Coppola. Luego de mas de 10 años, un patriarca del cine vuelve a hablar, a dirigir. Puede gustarte o no, pero es indiscutible que en ella demuestra que aun conserva fuerzas y, sobre todo… que aún tiene algo importante para decir.
Como uno de los principales referentes del Nuevo Hollywood de la década del ’70, fue punta de lanza con El Padrino (The Godfather, 1972), La Conversación (The Conversation, 1974) y Apocalipsis Now (1979), a la cual le dedicó 3 años de su vida y hasta hipoteco su propia casa para poder filmar aquella producción que parecía destinada al fracaso, como relata el documental Corazones en tinieblas (Hearts of Darkness: A Filmmaker’s Apocalypse, 1991) cuyo detrás de escena esta filmado por Eleanor Coppola, documentalista y esposa del director, quien falleció en el 2024 y esta dedicado el film.
Ese mismo espíritu de riesgo y pasión siguen aun presentes en Megalópolis, película financiada casi íntegramente con el patrimonio personal del director.
Hasta acá, la película podría interpretarse como el regreso de un maestro del cine. Sin embargo, Megalópolis es mucho más que eso. Más que una superproducción tardía o un capricho personal, funciona como el manifiesto político y artístico de un director decidido a reflexionar sobre el presente de la humanidad y sobre quiénes tienen hoy la capacidad y la responsabilidad de imaginar el futuro.
En Megalópolis (Francis Ford Coppola’s Megalopolis: A Fable, 2024), el director utiliza esta fábula para plantear que el conflicto entre las élites gobernantes ha dejado cualquier visión de futuro capaz de imaginar un mundo mejor, de imaginar una utopía, mientras dejan al pueblo relegado, al acecho de movimientos fascistas.
Ese vacío es ocupado por Clodio Pulcher (Shia LaBeouf), un marginal, un desquiciado, hijo de un poderoso banquero que forma parte de la élite financiera de Nueva Roma, es en quien Coppola refleja la representación de un líder oportunista que capitaliza el descontento popular para construir un proyecto reaccionario.
La comparación con Metrópolis (1927), de Fritz Lang, resulta inevitable. Sin embargo, mientras la película alemana concluía en que el acuerdo entre trabajadores y patrones, entre el capital y el trabajo, era la solución al conflicto social, Megalópolis desplaza el foco hacia las disputas internas de las élites, donde incluso vemos como César Catilina (Adam Driver), presidente de la Autoridad de Diseño de Nueva Roma, que es quién encarna la esperanza del progreso, destruye barrios enteros para materializar su proyecto urbanístico magnánimo. Una visión que podría considerarse insensible hacia la población, revelando una contradicción que atraviesa toda la película: Su utopía exige sacrificios que recaen sobre el pueblo.
Esta diferencia marca uno de los contrastes fundamentales entre ambas obras. Mientras Metrópolis propone la reconciliación entre el capital y el trabajo como condición para alcanzar una sociedad mejor, Megalópolis restringe la construcción del futuro al ámbito de las élites, relegando al pueblo a un papel esencialmente pasivo. Esa elección no solo redefine el conflicto planteado por Fritz Lang, sino que anticipa la principal tensión ideológica de la película de Coppola.

En esa visión el director hipotetiza que sin élites visionarias capaces de soñar y liderar el futuro, la sociedad deriva inevitablemente hacia el caos, ocasionando el surgimiento de figuras marginadas dentro de esas mismas élites que encuentran la oportunidad para manipular a las masas en momentos de crisis.
En este sentido, las referencias al presente estadounidense son explícitas. El director establece paralelismos entre el trumpismo y el fascismo mediante diversos elementos visuales y simbólicos: desde la gorra similar a las utilizadas por el movimiento MAGA (sigla del lema «Make America Great Again», utilizado en las campañas presidenciales de Donald Trump) que le lanzan a Clodio Pulcher hasta la presencia de símbolos asociados al imaginario nazi y criptofacista, como el Sol Negro, reforzando el vínculo entre los movimientos de ultraderecha contemporánea y el aprovechamiento político del descontento popular por parte de líderes oportunistas como el interpretado por Shia LaBeouf.
Por otro lado, también resulta posible establecer un paralelismo entre el personaje de César Catilina, un arquitecto futurista ganador del Premio Nobel por la invención del revolucionario material de construcción Megalon, y Elon Musk, el empresario tecnológico que lidera empresas como SpaceX y Tesla. Ambos encarnan, en la ficción y en la vida real respectivamente, la figura del empresario innovador convencido de que el desarrollo tecnológico y científico puede transformar el destino de la humanidad. Sin embargo, allí donde la realidad y la ficción se separan es en el plano político: mientras Musk ha expresado simpatías hacia sectores reaccionarios de ultraderecha, Catilina es representado como un opositor a esas corrientes dentro de Nueva Roma.
En esta linea, así como las conexiones entre Megalópolis y el contexto de Estados Unidos son evidentes, la lectura política tampoco resulta ajena al contexto argentino. Así como el enfrentamiento entre distintas élites estadounidenses facilita el ascenso de figuras como Clodio Pulcher, podría establecerse un paralelo con la polarización entre kirchnerismo vs.anti-kirchnerismo, que resulto en la posterior irrupción del movimiento libertario encabezado por Javier Milei. En ambos casos, el conflicto y desgaste de las fuerzas tradicionales abre espacio para líderes marginales que construyen su legitimidad a partir del rechazo al sistema y capitalizan el malestar social.
Sin embargo, ahí también aparece el principal problema del planteo de Coppola: Su visión, que es muy estadounidense, esta centrada en las élites. El pueblo aparece como un sujeto pasivo, incapaz de formar parte de la construcción de su propio destino y condenado a oscilar entre dirigentes iluminados o demagogos autoritarios.
Estas contradicciones atraviesan el discurso general a lo largo de toda la película. Mientras reivindica la necesidad de líderes visionarios capaces de imaginar un futuro mejor, también parece asumir -e incluso justificar- que esos grandes proyectos pueden materializarse a costa de quienes quedan excluidos de las decisiones: el pueblo, el cual es reducido a un sujeto pasivo, más susceptible de ser manipulable que de participar activamente en la construcción de ese futuro. Este enfoque, aunque provocador, evidencia la paradoja: las mismas élites que se presentan como arquitectas del desarrollo y del progreso son, al mismo tiempo, las que continúan reproduciendo las desigualdades existentes que dicen querer combatir.
Este doble estándar refuerza la paradoja de la narrativa e invita a preguntarse: ¿Puede una élite, desconectada del pueblo, liderar y construir un futuro que lo incluya? Su mirada privilegia el papel de las élites visionarias, y excluye las voces de las mayorías a un lugar menor que secundario, generando un debate necesario sobre la participación colectiva del pueblo en la construcción de utopías: Si la utopía no nace del pueblo ni es construida junto a él, ¿para quién es?
Esta crítica a las élites contemporáneas, tanto políticas como artísticas, resulta paradójica: proviene de un director que forma parte de una élite cultural, aunque hoy ocupe una posición marginal respecto del Hollywood dominante. Incapaz de conseguir financiación de los grandes estudios, Coppola tuvo que financiar con su propio patrimonio los 120 millones de dólares que costó la producción de la película. Esa decisión no solo evidencia el compromiso que el director tiene con su obra, sino que con ese gesto de riesgo, independencia y compromiso creativo recupera el espíritu de transgresión que caracterizó al Nuevo Hollywood de los años ’70, movimiento que fue encabezado por directores como Martín Scorsese, Steven Spielberg, Geourge Lucas y el propio Francis Ford.
En ese sentido, Megalópolis puede leerse como una crítica a la industria cinematográfica actual, dominada por franquicias, secuelas, precuelas, remakes y otras explotaciones de propiedades intelectuales cada vez más rentables, pero también menos arriesgadas, priorizando totalmente el lucro sobre la creatividad. No ideas originales ni riesgosas como los que impulsaron la revolución del Nuevo Hollywood. Frente a ese panorama, en este film Coppola reivindica el cine como arte capaz de ser una herramienta para imaginar futuros posibles, inspirar a la sociedad y soñar utopías.

En cuanto a la puesta en escena, Megalópolis realiza una constante combinación entre lo clásico y lo moderno. Las referencias al art déco, la monumentalidad arquitectónica y la evidente influencia de Metrópolis no funcionan como meros homenajes estéticos, sino como recursos a través de los cuales Coppola reivindica la belleza, el arte y la arquitectura como manifestaciones de trascendencia. De este modo, reafirma una concepción profundamente humanista del cine, en la que la creación artística busca inspirar, proyectar ideales, imaginar futuros posibles y trascender más allá de su tiempo, en lugar de reducirse a un simple producto cultural destinado al consumo inmediato.
No deja de ser significativo que, para construir ese discurso, Coppola haya recurrido a utilizar tecnologías contemporáneas propias de las grandes producciones, como Unreal Engine, con el propósito de evocar la grandiosidad estética del cine clásico de estudio. La tecnología no aparece acá como un fin en sí mismo, sino como un medio para recuperar una ambición estética que Hollywood parece haber abandonado. La innovación tecnológica aparece así subordinada a una idea artística, y no al espectáculo por el espectáculo mismo.
Esta elección dialoga con el propio discurso de la película. Así como César Catilina utiliza la tecnología para materializar una utopía arquitectónica, Coppola emplea las herramientas digitales para intentar recuperar una concepción del cine donde la técnica continúa estando al servicio de una visión humanista. En ambos casos, la tecnología solo adquiere sentido cuando responde a un proyecto capaz de trascender el presente.
En conclusión, Megalópolis se proyecta como el manifiesto de Francis Ford Coppola hacia la humanidad. Más que una película convencional, constituye la proclama final de un artista que decidió defender una idea del cine cada vez más infrecuente: un cine con vocación crítica y esperanzadora, dispuesto a asumir riesgos, a incomodar al espectador e imaginar futuros posibles, especialmente en una industria hollywoodense cada vez más carente de ideas originales.
Quizás, como ocurrió con Metrópolis hace casi un siglo, el tiempo termine revalorizando una obra que hoy divide opiniones. Pero, aun si ese reconocimiento nunca llega, Coppola vuelve a recordarnos por qué ocupa un lugar central en la historia del cine: porque sigue creyendo que el arte no solo puede reflejar el mundo, sino también cuestionarlo, inspirarlo y contribuir a imaginar uno mejor. En tiempos en que el cine parece resignarse cada vez más al entretenimiento inmediato y a la explotación de fórmulas probadas, Megalópolis reivindica la utopía como una necesidad y nos recuerda que el arte también puede —y debe— invitar a soñar un futuro mejor para toda la humanidad.
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