Adaptar El beso de la mujer araña (Kiss of the Spider Woman, 2026) es un acto de equilibrio delicado: caminar entre el glamour escapista del cine y la sombra concreta de un terror político vivido en nuestro país.

Esta es la versión de Bill Condon, quien trae a la pantalla grande la adaptación musical de la obra de Manuel Puig, o al menos lo intenta.

Y hay que concederle, ante todo, un mérito fundamental: se filmó en las calles de nuestra Buenos Aires querida. Hay un gesto de respeto en elegir nuestra tierra, en buscar la luz y la textura de sus calles para contar una historia que, en su origen, le pertenece. Ese esfuerzo por la autenticidad geográfica es tangible y se agradece.

Ese compromiso se extiende al deslumbrante diseño de producción, el verdadero triunfo técnico de la película. Los sets que recrean las películas clase B de los años 50 son una joya de nostalgia y color, un laberinto de neones y telas aterciopeladas. Los vestuarios de Jennifer López, en su papel de diva fantasma, son espectáculos en sí mismos: plumas, lentejuelas y cortes que homenajean con precisión una época de ensueño fabricado. Incluso la celda gris, opuesta a ese mundo, está construida con un cuidado palpable.

El otro pilar que sostiene la película, y quizás el más humano, es la actuación de Tonatiuh Elizarraraz (un actor queer en su primer papel protagónico en una gran producción). Como Luis Molina, el preso político, logra transmitir con una contención poderosa la rabia, el miedo y la vulnerabilidad de un hombre atrapado. En sus escenas junto a Diego Luna, un Valentin Arregui más tierno que ambiguo, se generan los momentos de mayor verdad, donde la tensión masculina y la frágil camaradería enternecen y agregan profundidad. En esos instantes, la película parece tocar tierra.

Sin embargo, esa tierra se quiebra. Porque la autenticidad termina en su contexto. Al envolver la realidad histórica argentina, los años más crudos de la dictadura, en una sensibilidad tan pulida y, en el fondo, tan americanizada (mezclando años, eventos, actores y lugares), el resultado es un distanciamiento constante. Para el espectador que reconoce la textura áspera de ese pasado, cada detalle falso, cada referencia genérica, cada sensación de peligro diluida, actúa como un golpe seco que lo saca de la escena. La opresión se vuelve un decorado estilizado, el miedo un concepto no entendido. Se observa un drama prestado, magníficamente vestido, pero sin el peso de la verdad.

Y aquí llega el “fracaso central”, el que condena a todo musical: Nada logra conectar. Por más que el diseño visual cante y actuaciones como la de Tonatiuh intenten anclar la emoción, las melodías se quedan sin sustento. Son composiciones competentes que cumplen una función en la historia, pero carecen del gancho sentimental, de la chispa que se te clava en la memoria y te obliga a sentir con los personajes. Las coreografías, aunque bien ejecutadas, se sienten como números aislados entre viñetas que compiten entre sí: uno quiere continuar en las partes que sí destacan, y solo queda esperar por algo que puede, o no, llegar.

Y en un musical, si la música no te eleva, si la historia no te atrapa y el contexto te rechaza; si uno busca y no encuentra esas emociones en el público, todo lo demás, por hermoso que sea, por bien actuado que esté, por más que se haya filmado en el lugar correcto, se convierte en un disfraz vacío. Un beso perfectamente maquillado, pero sin calor.

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