Hace tiempo ya que un pensamiento viene a mi cabeza al ver obras de arte como pinturas, esculturas o incluso leer algunas novelas: «no lo entiendo». Y en realidad tal vez ese pensamiento es erroneo. Tal vez el arte no es algo que se deba «entender» sino «sentir».

Vivimos en una época donde se buscan recompensas inmediatas. Con redes sociales como TikTok, Twitter, Youtube y los celulares, los estímulos que recibimos son cada vez más invasivos y provocan justamente esto que el usuario busca: la satisfacción que te produce el consumir un producto. Lamentablemente, el arte y en este caso en particular, el cine, no es algo que pueda escapar de ello.

No hace mucho leí el ensayo «Contra la Interpretación» (Susan Sontag, 1966) en donde habla sobre, valga la redundancia, la interpretación, o sobre-interpretación, que las obras de arte reciben constantemente. Esa idea de darle un significado a algo que puede ser más simple y el alejarse de, lo que ella define como el objetivo del arte, que es el sentir. Para Sontag esta interpretación compulsiva termina alejando al arte de su verdadera función sensorial y empobrece la experiencia. Al momento de la publicación de este ensayo, 60 años atrás, Sontag decía que el cine era una de las formas del arte que aún podían escaparle a esta sobre-interpretación algo que hoy parece dificil de sostener.

Es moneda corriente que hoy tras el estreno de algún film se publiquen mil videos en YouTube con títulos como «¡Lo que no entendiste de la película!» o «¡Te cuento todo lo que te perdiste!» y que cuenten con miles de visualizaciones y comentarios de personas agradeciendo o quizás sorprendiendose sobre cosas que pudieron «perderse» o que «no entendieron» del largometraje en cuestion. Es acá donde vuelvo a pensar «¿es realmente necesario entender la película?», como si no entender fuera un error y no una forma válida de relacionarse con la obra.

Ante esta duda sumo un estudio de Pierre Bourdieu, sociólogo francés, que en 1979 publicó «La Distinción: Criterio y Bases sociales del gusto«. En la primera parte, Bourdieu desde una perspectiva sociológica estudia la relación social con el arte: quién lo consume, cómo lo juzga y qué de eso revela sobre la estructura de clases. A diferencia de Sontag, Bourdieu lleva esta sobreinterpretación del arte más hacía una distinción de clases. El «buen gusto» y la capacidad de «entender el arte» no son dones divinos sino capital cultural. Esta potestad de entender una obra termina funcionando como una «aduana» simbólica para diferenciarse y mirar sobre los hombros a quien no tiene las mismas herramientas para «entender» el arte.

Recuerdo la anécdota de un director de cine argentino donde contaba sobre las experiencias de los talleres que brinda y sus alumnos. En particular, contaba sobre una alumna que al finalizar la cursada le agradecía porque ahora le gustaba una película que antes no, a lo que este director respondía «lo que pasa es que ahora la entendiste». Esta es una anécdota de Sebastian De Caro, personaje con opiniones divididas en la interna de Sala C (?). Esa soberbía es tal vez a lo que se refiere Bourdieu en su ensayo, esa idea de que fuiste elevado interpretativamente para ahora comprender un film y que podés posicionarte como «alguien que sabe de cine» para diferenciarte del resto.

Claro que existe otro extremo, el de la sobre explicación. Aquí puedo citar al famoso clip de «Cualca», programa humorístico argentino, donde parodiaban la sobre explicación de los diálogos en las telenovelas. (Sí, Lalo se fue a Ezeiza). Esta sobreexplicación tampoco creo que sea la ideal para el público, pero también entiendo que busca simplificar las cosas para lograr justamente la recomenpensa inmediata que el espectador busca consumir. Claramente este tipo de productos cinematográficos no están hechos para alguien que busca darle sentido al plano o a la iluminación elegida por el director. Como dice un amigo mío, en este tipo de películas «tenes que entregarte al espectáculo».

No busco juzgar a quienes disfrutan analizando qué quiso decir el autor al elegir un plano o al poner cortinas azules en el cuarto del protagonista. Tampoco intento pararme en un pedestal frente a quien elige apagar el cerebro y disfrutar de una película pochoclera. Lo que planteo es mucho más simple: para quienes alguna vez sintieron la frustración de creer que no entienden el arte, recordarles que no hay nada roto en ustedes. La próxima vez que la sala prenda sus luces, la pregunta no debería ser qué examen aprobamos frente a la pantalla sino algo más humano: ¿qué sentí cuando la película terminó?.

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