Mis abuelos tenían un placard, uno tan grande y pesado que parecería que la casa fue construida alrededor del mueble y no al revés. Ahí dentro, debajo de sacos y camperas, había una cajita de madera llena de fotos. Fotos que, si las agarrabas y se las mostrabas entre mates y quinielas, se tomaban el tiempo de explicarte cada una: quiénes eran esos personajes pintorescos, por qué tenían ese fragmento de tiempo congelado en papel, el porqué de la ropa y las reuniones, quiénes todavía vivían y quiénes se habían fugado con sus amantes dejando atrás niños y mujeres, o quiénes simplemente eran mis tíos con pantalones demasiado ajustados.

Pero mis abuelos hoy no están.

Algunos recuerdos quedaron, otros no. Algunas explicaciones del ayer se fueron con ellos.

Las fotos siguen en el mismo lugar, en la misma caja, en ese placard demasiado grande para ser movido. Fotos que, sin ellos, no terminan de completar la historia y quedan solamente como un fragmento de tiempo.

Mientras la historia de “Sintió algo verdadero” (2025) avanzaba, no dejé de pensar en eso. Manuel Salomón hace su debut cinematográfico contándome una historia ubicada entre la calma del Nahuel Huapi y lo agreste y gris de los bosques que lo rodean: una casa con historia, dos hermanos, la espera y algo demasiado silencioso para terminar de gustar.

Con un agudo ojo para crear sensaciones en todos sus planos, escudriñando con detalle la vida, y metiéndonos de lleno en sus emociones, casi como una cuarta persona que habita los escenarios observando a los personajes. La película se teje de una sensibilidad que acompaña un sonido donde podemos apreciar las gotas, las pisadas y cada ruido en ese mundo agreste e inhóspito.

Aunque técnica y visualmente poderosa, la narrativa se queda al presentar ideas interesantes; desde la lucha entre hermanos hasta la búsqueda del propósito, pero jamás parece querer abordarlas desde un lugar directo antes de cambiar a otro conflicto interno.

“Sintió algo verdadero” no se trata de lo que muestra, sino de todo lo que calla; de las historias que se esfuman y dejan solo un eco, como esa imagen que pierde la historia detrás cuando sus narradores no aparecen. Es un fragmento suspendido en el tiempo, bello pero incompleto, que nos interpela justamente por lo que ya no está; una presencia silenciosa que habita los espacios vacíos, del subtexto de las decisiones que tomamos y los caminos por los que nos llevan. Incluso si no queda claro al final por qué.

“Sintió algo verdadero” llega a cines el 21 de agosto

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