Con el paso del tiempo, las historias que contamos van creciendo en número y magnitud. Una pequeña acción se transforma en la lucha contra tiranos y dragones, pero detrás de todo esto existen los hombres y todo lo que hay dentro de ellos, lo bueno y lo malo. De eso se construye el perdón: de entender nuestro mal y permitirnos ser mejores, aunque nos cueste todo.
En parte, esa es la idea que intenta explorar La muerte de Robin Hood (The Death of Robin Hood, 2026). Entre hermosos paisajes del norte de Irlanda y una violencia tan gráfica como brutal, construye (y por momentos se empantana) una deconstrucción del héroe y una reflexión sobre el verdadero significado de la redención y la absolución.
Construida de mayor a menor, la película sigue al verdadero arquero inglés, no a la leyenda que circula entre las fogatas. Robin Hood es un ladrón y asesino sanguinario que, en el ocaso de su vida, se encuentra recluido para no continuar obrando el mal. Pero cuando algo sale mal y debe refugiarse en un convento, la encrucijada del destino le extenderá la mano para preguntarle si ya ha hecho demasiado y si todavía es capaz de alcanzar el perdón.
Con un estilo estético que combina paisajes, vestuario y sonido de una forma inteligente y hermosa, las vistas reales del norte de Irlanda hablan por sí mismas de la belleza y la calma de la naturaleza. En contraste, la propuesta de ultraviolencia gráfica funciona como una expresión disruptiva de aquello que también existe en el ser humano. Hay un balance claro entre ambos extremos de lo que vemos en pantalla, aunque el ritmo cansino y ciertos momentos melodramáticos terminan por romperlo. Los silencios, por momentos demasiado largos, parecen buscar respuestas en personajes que quizás están demasiado rotos como para encontrarlas.
Hugh Jackman utiliza todo el rango actoral que aprendió en Logan para este personaje, cargando a Robin Hood de un peso y un cansancio que van mucho más allá de su aspecto físico. Bill Skarsgård (It, 2017) está irreconocible en su papel; mientras que Jodie Comer (Killing Eve) brilla con emociones puras que emanan desde sus ojos.
Aun así, La muerte de Robin Hood arranca con todo: fuego, sangre y desmembramientos para terminar hablando de lo que significa sanar, del peso de la conciencia y de si es posible alcanzar el perdón y encontrar una vida después de haberlo perdido todo. Pero con un inicio tan fuerte como el de esta producción, el resto se diluye y se empantana con su propia premisa, bajando la velocidad hasta un punto en el que puede llegar a perder al espectador.
No estamos viendo al héroe de las historias que se contaban alrededor de las fogatas, sino a un hombre intentando cargar con todo aquello que hizo. Y quizás ahí esté la búsqueda más interesante de la película: preguntarse si la redención es realmente posible cuando ya no queda nada del héroe.
Anclada en su belleza cinematográfica y en las interpretaciones de sus protagonistas, la obra parece buscar su propia expiación en las ideas que propone. Pero, al final, no consigue ir mucho más allá de eso: una película que intenta deconstruir una leyenda, pero termina pareciendo apenas el recuerdo de aquello que alguna vez se contó.
La Muerte de Robin Hood llega a los cines este 20 de agosto.
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