Sentarse a mirar una pelicula se volvió insoportable.
No vengo a recomendar nada, dar tips, proponer soluciones del tipo “Lo que todo cinéfilo tiene que hacer”, ni tampoco escribir una reseña. Esto es apenas un intento de ordenar una sensación que aparece cada vez más seguido: las ganas de ver cine están, pero el acto de hacerlo no.
“¿Qué se puede hacer, salvo ver películas?” cantaba Charly García, con La Máquina de hacer pájaros, a finales de los setenta. Hoy esto suena casi irónico. No porque estén faltando películas, sino porque sentarse a ver una se volvió algo extraño, incómodo, imposible de sostener.
Ya pasó el 2025. Arrancan los primeros días de 2026 y como todos los años, volvieron las mismas promesas/objetivos: mirar más películas, escribir más, retomar eso que quedó a medias. Nuevo año, nuevas metas, mismas intenciones. Y la pregunta culposa: ¿Por qué no lo hice el año pasado?
¿Será verdad que ya no tenemos tiempo para nada?
Nos quejamos de que no tenemos tiempo. Que el día y las horas se pasan volando. Que estamos cansados. Que el trabajo. Que el estudio. Pero después pasamos una hora —o más— moviendo el dedo hacia arriba y abajo en TikTok, Instagram, X o cualquier red social que nos mantenga ocupados sin exigirnos nada. El tiempo está. Lo que falta es otra cosa.
Ver una película implica quedarse quieto. Permanecer. Comprometerse. Aceptar un ritmo que no controlamos. Dejarnos llevar. Y eso, hoy, resulta incómodo. Del lado opuesto esta la sobreestimulación que nos hace sentir en movimiento, productivos, conectados, cuando en realidad no estamos yendo a ningún lado. Elegimos el ruido porque nos da la ilusión de avance. Ver más en poco tiempo nos hace creer que hacemos más.
El problema no es el cine. No murió, no desapareció. Está ahí: En plataformas, torrents, salas a pocas cuadras. Miles de películas disponibles a un click, como mucho tres. El acceso nunca fue tan fácil y sin embargo, pocas cosas cuestan tanto como elegir una película y quedarse. Ver cine no es solamente el acto de ir a una sala, porque por mas que queramos, muchos no tienen esa posibilidad, pero ir al cine es quizás el único momento que nos obligamos a permanecer sentados mirando la pantalla, lo digo por experiencia personal, sé que de ahí no me puedo mover, el tiempo y las auto demandas desaparecen.
Quizás no es que las películas no nos llenan. Creo que somos nosotros los que ya no toleramos lo que el cine propone: tiempo, atención, silencio, entrega. Ver un largometraje no es multitarea. No se puede poner a velocidad x2, no se puede scrollear. No se puede mirar de reojo sin traicionarla.
Sentarse a ver una película hoy es acto de resistencia. Resistir la ansiedad, la necesidad de estímulo constante, la urgencia de “hacer y de demostrar algo» a otros. Quizás por eso lo evitamos. Porque detenerse también obliga a sentir y sentir, a veces, pesa más que aparentar, preferimos tener el cerebro dormido y babear frente al celular. No es casual que ya no se formen cineastas, si no creadores de contenido, filmakers, analistas, reseñadores, snobs del cine, críticos rápidos y ruidosos, no es culpa de las escuelas —ojo— es culpa de nosotros que pretendemos ser más de lo que somos, no frenamos, no nos tomamos el tiempo a observar a mirar, experimentar y aprender de los errores. No buscamos un porqué ni un para qué. Somos ruido. Y el ruido, al final, no dice nada.
Entonces la pregunta no es si el cine sigue teniendo algo para darnos.
La pregunta es si todavía estamos dispuestos a recibirlo.
Si estamos dispuestos a comprometernos, a detenernos, a sentir sin distracciones. A aceptar lo que incomoda, lo que duele, lo que nos atraviesa.
El cine no murió, lo que murió fue nuestra capacidad de soportarnos en silencio.
Somos incapaces de soportar una experiencia que no gire alrededor nuestro.
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