Hace unos días salió esta nota de Alexis, que les recomiendo que vayan a leer y luego vuelvan por acá. Lo que escribió él me hizo atar cabos entre ideas que vienen pagando alquiler en el fondo de mi cabeza hace bastante.

Los estrenos más pochocleros y populares de los últimos años apuntados al nicho “femenino” fueron fantasías donde casi nada le genera incomodidad al espectador; las tramas están curadas para que hasta sus conflictos tranquilicen. Series como Bridgerton, Off Campus o Heartstopper dominan los rankings durante sus estrenos. No me malentiendan, disfruto de muchas de ellas, me parecen tan válidas como cualquier otra producción. Ahora ¿por qué —en este nicho— nos volvimos intolerantes a la tensión?

Una teoría recurrente en redes sociales es que no tenemos suficientes producciones dirigidas y/o escritas por mujeres. Entonces, cuando aparece una, no podemos evitar abrazarnos a ella. Si bien es cierto, muchas veces los estrenos dirigidos y escritos por mujeres no adquieren tanta relevancia. Series como Fleabag (2016) o películas como Priscilla (2023) o Don’t Worry Darling (2022) toman notoriedad en un contexto muy específico, pero no calan en la obsesión profunda y masiva porque incomodan.

Relacionado con lo anterior se encuentra la evaluación psicoanalítica en exceso de los personajes. En TikTok (o en mi algoritmo al menos) aparecen reiteradas veces críticas a protagonistas como Carrie Bradshaw. Algunos reproches hablan de lo mala amiga que era, de lo obsesionada que estaba con la aprobación masculina, entre otras cosas. A decir verdad, yo también tomé el ejemplo de Sex and the City en un ensayo de la Universidad para hablar sobre como se define a las protagonistas mujeres en las series mainstream durante las distintas décadas. Lo que no significa que yo crea que Carrie no debería existir o está mal escrita, únicamente me interesaba mirar con ojos del presente las propuestas progresistas del pasado. Ahora bien, cuando encontramos miles de videos con el título “¿por qué odiamos a Carrie Bradshaw?”, el tema se vuelve personal. Nos molesta a nosotros en específico el comportamiento del personaje. Mi teoría al respecto radica en el disparador de esta nota, cada vez toleramos menos las tensiones y contradicciones morales hasta el punto de que no las soportamos ni en la ficción. Lo más llamativo es que se trata de producciones originales que terminaron hace más o menos veinte años. Breve paréntesis, si les interesa este tema de la militancia organizada contra gente que no existe les recomiendo que también googleen “¿por qué odiamos a Rory Gilmore?”, van a encontrar 15 días hábiles de contenido.

Otro ejemplo claro es el de Off Campus. Escribí una reseña que pueden leer acá, pero en resumen me gustó y me parece un tratamiento sano a muchas problemáticas que experimentamos las mujeres. De igual forma, se encuentra una cantidad preocupante de contenido sobre lo difícil que es conocer varones parecidos a Garrett o Dean en la realidad ¿Por qué, en el presente, la fantasía toma el lugar de lo real? Quizás la respuesta se encuentra escondida dentro del factor común: lo real está destruido.

Como dirían algunos, el pacto social se rompió y las amistades, relaciones amorosas, opiniones políticas se construyen con base en el individualismo y los discursos de odio. Nos vamos a la fantasía y en el mismo gesto la forzamos a encajar en la realidad porque no tenemos esperanza de que el mundo pueda ser mejor; así que ocupamos nuestro tiempo con consumos que no nos demandan casi nada como espectadores, y rechazamos visceralmente a los que sí. Las ficciones que elegimos son un fiel reflejo de lo que nos agota; a veces de forma inversamente proporcional, a veces como caricatura del pesar diario. Mi pregunta final sería qué lugar ocupará el arte que antes nos movilizaba, que — para bien o para mal — no era condescendiente con nuestras miserias.

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